

Cómo se cuentan las lágrimas, los abrazos, los saltos? ¿Cómo se cuenta esa locura que baja los escalones resbalando en transpiración, que explota en un grito desde el fondo de la historia, que deja la garganta ardiendo de salvaje dolor? Se cuenta por miles, por 40.000 que están en la cancha y no se quieren ir. Se cuenta por millones que viven esta noche épica suplicando junto a una radio al borde de una ruta o en la comodidad de un sillón mullido al que ya no le queda ni un resorte sano. Los jugadores se abrazan en el campo, íntimos en el festejo, con las sienes todavía explotando de emoción. Es un abrazo cerrado, entre ellos que creyeron aun en los momentos en los que todos los malos augurios parecían confluir en ese epicentro de cemento vivo.